José Manuel Torres Ayala

Secretario de Juventud de CCOO de Sevilla

Si el futuro de nuestra sociedad son las personas jóvenes y el futuro de estas pinta bastante negro, no hay que aventurarse mucho para aseverar que, o hacemos cambios estructurales para garantizar que la juventud pueda poner en marcha un proyecto de vida con garantías, o nuestra sociedad, dentro de un par de décadas, será bastante peor que hoy.

El escenario es desolador para quienes nacieron entre mediados de la década de los ochenta y los años noventa. Son generaciones que han encadenado dos crisis: sufrieron el enorme revés de la Gran Recesión de 2008, cuando aspiraban a incorporarse al mercado de trabajo, han visto sus expectativas condenadas por las reformas neoliberales de la década anterior y, ahora, son quienes están padeciendo con mayor severidad los efectos en el mundo del trabajo de la pandemia de la COVID-19.

Las épocas de crisis son siempre más crueles para las personas más vulnerables. La juventud trabajadora de nuestra tierra soporta las tasas de paro más altas de Europa y cuando se incorpora al mercado laboral sufre el lastre que supone no poder mirar al futuro con garantías por estar condenada a la contratación temporal, a jornadas parciales no deseadas, a salarios de miseria, a la subcontratación, a algoritmos esclavistas de falsos autónomos, al trabajo disfrazado de becas no remuneradas a cambio de “la experiencia”, a contratos en fraude de ley o a cotizaciones insuficientes para pensiones que ni se esperan.

Este cóctel de injusticias no es casual. Es la consecuencia planificada de reformas hechas a medida de las élites económicas por gobiernos que no dudaron en castigar a los trabajadores y trabajadoras por una crisis que no habían creado.

La calamidad laboral y vital de los millenials tiene efectos nocivos en el presente que serán aún más graves en el futuro. Si la enorme precariedad de estas generaciones se convierte en estructural, será imposible mantener a flote tanto nuestro sistema de Seguridad Social como los valores democráticos de libertad, igualdad y justicia.

Haríamos bien como sociedad en mirar con luces largas, en poner la vista en el futuro que queremos construir, reformar nuestro orden de prioridades y exigir a los partidos que adecúen su agenda política para atajar esta realidad antes de que sea demasiado tarde.

La juventud también tiene que remar en la misma dirección. No podemos resignarnos a pensar que las cartas están marcadas y nuestra situación no tiene remedio. Tenemos que dar la batalla cultural al individualismo. Entender que solo viendo en la gente trabajadora a compañeros y compañeras, y no a competidores, podremos luchar por nuestros derechos como lo hicieron nuestras madres, padres, abuelos y abuelas.

El camino no es sencillo, pero sí es posible y pasa por unirnos para conseguir un futuro digno. Si alguna vez nos dijeron que pelear por conquistar derechos era algo del pasado, nos quisieron engañar. Nos quisieron desactivar. En el presente y en el futuro tendremos que seguir conquistando derechos y esto solo lo podremos hacer organizados y organizadas.

El futuro está también en nuestras manos. Por supuesto que, como ciudadanos y ciudadanas, tenemos que exigir responsabilidades a quienes otorgamos el poder político, pero también tenemos que ejercer nuestros derechos para no tener que lamentarnos después por haberlos perdido.

 

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